Conociendo a Tango
Tango es un podenco de 4 años con un montón de emociones a flor de piel. Sus responsables estaban desbordados porque su día a día se había vuelto un auténtico estrés. Tango protegía la comida y los huesos hasta el punto de morder si alguien se acercaba, seguía a su responsable Paloma por toda la casa, protegía a Paloma de su marido gruñendo, ladrando e incluso intentando morder, y se asustaba por cualquier ruido. Además, ya había mordido a los dos responsables y convivir con él se estaba haciendo muy cuesta arriba.
Para complicarlo más, Tango venía de una falta de socialización temprana (casi no estuvo con su madre) y tenía problemas en las rótulas traseras, lo que tampoco ayuda cuando hablamos de bienestar. Ya habían probado con dos adiestradores antes sin ningún resultado.
Lo que me encontré
A nivel emocional, Tango era un perro con mucho miedo y muy poca seguridad. Ese tipo de perros no necesitan mano dura ni historias de dominancia, necesitan ser entendidos. Cuanto más intentas “imponerte”, más estrés generas, y cuanto más estrés hay, más necesidad de proteger, controlar y reaccionar.
En la calle tampoco estaba cómodo: en zonas concurridas se bloqueaba, y además tenía una obsesión con la pelota que no le ayudaba nada. Las obsesiones no son diversión, son ansiedad disfrazada.
El plan para Tango
Lo primero fue transmitir a sus responsables que había que olvidarse de la dominancia y del “aquí mando yo”. No sirve y sólo empeora las cosas. En lugar de eso, trabajamos en:
• Reducir el estrés general
• Entender el lenguaje canino y poner límites sin meter miedo
• Evitar vicios como la pelota, que alimentan la obsesión
• Dejar de reforzar el seguimiento constante a Paloma
• Desensibilizar la protección de recursos poco a poco
• Usar olfateo y pequeños retos para construir autoestima
• Dejar de pelear con el síntoma y empezar a ayudar al perro
Cuando un perro está tranquilo y seguro, necesita proteger mucho menos. Ese era el objetivo.
El cambio de Tango
Tango empezó a relajarse. No era magia, era lógica: menos estrés, más control del entorno, un vínculo más sano con sus responsables y un trabajo emocional real. Todavía queda camino por recorrer, pero lo importante es que ahora saben qué hacer y cómo hacerlo. El miedo ya no está al mando de la casa.
El resultado fue tan significativo que su responsable me dejó esta reseña:
“A veces me he sentido desbordada por no saber controlar las situaciones con mi peludito, había probado con otros adiestradores sin conseguir nada. Conocer a Carlos de Qué pasa Peludo, ha sido uno de los mayores aciertos. Gracias a él hemos entendido las situaciones y nos ha aportado las herramientas correctas para corregir. Nos ha enseñado mucho, en casa todo ha cambiado, estamos todos más tranquilos sabiendo que hacer para que todo fluya. Adoro la paciencia de Carlos, su profesionalidad, y el amor que derrocha con los perretes. Para nosotros ha habido un antes y un después. Ya sólo saber que está ahí y que me va a ayudar con cada bache, me produce seguridad. Gracias Carlos, es un placer tenerte.”
Conclusión
Este caso demuestra algo importante: muchos perros que “protegen” no son dominantes, son inseguros. Y la solución no es imponerse, sino acompañar, entender y dar herramientas. Cuando se trabaja desde el respeto y la calma, hay cambios reales.